Scherezade y el sutil arte de abogar.
Desde las páginas de La Invención de la Soledad, Paul Auster
me llevó al primer relato de Las Mil y
Una Noches, una de las obras que para nosotros, occidentales, constituye un
clásico de la literatura del Oriente Medio.
Se trata de la historia de El Mercader y el Efrit, en la
que Scherezade dijo: “He llegado a saber, ¡oh rey, afortunado! que hubo un mercader entre
los mercaderes, dueño de numerosas riquezas y de negocios comerciales en todos
los países. Un día montó a caballo y salió para ciertas comarcas a las cuales
le llamaban sus negocios. Como el calor era sofocante, se sentó debajo de un
árbol, y echando mano al saco de provisiones, sacó unos dátiles, y cuando los
hubo comido tiró a lo lejos los huesos. Pero de pronto se le apareció un efrit
de enorme estatura que, blandiendo una espada, llegó hasta el mercader y le
dijo: ‘Levántate para que yo te mate como has matado a mi hijo.’ El mercader
repuso: ‘Pero ¿cómo he matado yo a tu hijo?’ Y contestó el efrit: ‘Al arrojar
los huesos, dieron en el pecho a mi hijo y lo mataron’...”
La más básica deformación profesional no pudo evitar que
hiciera estallar el encanto del relato, pensando: “responsabilidad objetiva en
Las Mil y Una Noches”. Lo explico: Al Efrit no le importaba si había mediado
culpa o dolo de parte del Mercader; quien no podía haber previsto las
consecuencias de su acción, porque el pequeño era invisible para él; le bastaba
con verificar quién era el dueño o guardián de la cosa arrojada, para
reclamarle un terrible resarcimiento.
Pero ese salto a lo jurídico, provocado por la evocación de
Auster, me llevó a una reflexión más amplia, referida a la gran historia de
fondo que sustenta los distintos relatos de Las
Mil y Una Noches. Su trama central es conocida: el rey Shariyar descubre
que su esposa le es infiel con uno de sus sirvientes, por lo que la hace
decapitar. No obstante, ello no mitiga su dolor, que busca atenuar suprimiendo toda
posibilidad de reiteración de tal tipo de engaño: así, cada día toma por esposa
a una joven del reino, yace con ella durante la noche y la hace decapitar por
el visir al amanecer. El terror invade el reino. Los padres desesperan por la
posibilidad de perder a sus hijas. Sherezade, hermosa hija del visir, culta,
inteligente y refinada, decide poner fin a la matanza mediante un riesgoso
plan. Pide a su padre que la ofrezca como esposa al rey. El visir, naturalmente,
se niega, pues teme –no sin razón- tener que ejecutar a su propia hija; pero finalmente
cede y así Sherezade comparte la noche con Shariyar a quien relata un cuento, dejando
pendiente su conclusión, que promete para la noche siguiente. El rey, deleitado
por la historia, pospone entonces la ejecución. La esposa reitera la estrategia
la noche siguiente; enlaza la historia con otro relato. Cada cuento nocturno
lleva en sus entrañas una nueva historia que queda inconclusa, aguardando su
final, avizorado para la noche siguiente. Y así, noche tras noche, por mil y
una. Los relatos contienen historias en las que los personajes salvan su vida
con astucia y van apartando al rey de su
obsesión. Entretanto, él y la muchacha
tienen tres hijos y, morigerado el ánimo del padre, ella obtiene de él la
promesa de que no la matará, habiendo cedido así su furia asesina.
Hete aquí que Sherezade abogó. Lo hizo con riesgo y con
inteligencia; con sabiduría y con templanza. Asumió los mayores riesgos y
protegió a las demás mujeres del reino, luchó contra la injusticia de la que
era víctima su género; logrando torcer la dirección criminal de un tirano
desbocado.
Elaboró una estrategia sutil.
Su plan respondía a las premisas de lo que siglos después se caracterizó
como "estrategia de aproximación indirecta"[2]. Cuando la respuesta general
parecía ser escapar o sucumbir ante el poder, construyó otra solución, con
imaginación, y venció a la arbitrariedad asesina.
Una mirada simple podrá sostener que Sherezade debió haber
sido muy bella. Sospecho en ella el encanto de unos profundos ojos morenos, que
debieron haber anclado en el corazón de Shariyar. Pero su seducción profunda,
la que la mantuvo viva hasta el amanecer final y liberó a las mujeres de su
pueblo de la condena, no provenía de ello, sino de un poder de seducción basado
en la inteligencia, en la fuerza de la persuasión. Seguramente también eran
bellas las demás mujeres que habían pasado por el lecho del gobernante, pero
ninguna –como tampoco los hombres del pueblo- habían logrado superar el
predicamento al que se enfrentaban por una vía lateral, superior desde el punto
de vista de su concepción.
Podemos sí decir que a nuestra amiga la salvó la belleza;
pero no la del cuerpo, sino la de toda respuesta inteligente, desarrollada con
paciencia. Esas respuestas bellas se encuentran a menudo en las matemáticas y
en muchas otras áreas del conocimiento; y también en la solución de conflictos.
Hay que saber buscarlas, disfrutarlas y admirarlas, como al buen arte de
Shrezade.
Gustavo
Caramelo
Liddell Hart, Basil H. "Strategy"
second revised edition; Meridian Book; 1967, pg. 25.